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domingo, junio 16, 2024

El asesinato de un sueño

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Por Manuel E. Suárez

La madrugada del viernes 13 de agosto de 1999, en la que la mayoría de estudiantes universitarios se levantaron pensando en la rumba nocturna; yo me levanté para pedir por la paz de mi país y ver el noticiero. No podía concebir la noticia de última hora: Jaime Garzón, había sido abaleado en plena vía pública.

Ya empezaba a darme cuenta de que la mayoría de muertes en este país ocurren sobre el suelo de nuestros pueblos y ciudades y no sobre lejanos campos de guerra. Aún así mi conciencia adormecía, no produjo un mayor efecto que el repudio habitual de un ciudadano promedio ajeno a la realidad de su nación. Solo se empañaron los ojos que habían observado recientemente al Heriberto De la calle que caracterizó sagazmente; pero nunca vieron la amenaza que él significaba para la clase política colombiana.

Los periodistas del noticiero no podían disimular su estupefacción mientras yo retrocedía un lustro y veía a Emerson de Francisco en Zoociedad; programa que introdujo una nueva forma de hacer humor; ubicando a nuestros “representantes democráticos” como el centro de sus insolentes dardos. Esto llamó mi atención de púber y posteriormente fue motivo de considerable confusión, pues solo lo conocía como un brillante humorista.

Jaime Garzón, el ciudadano comprometido, se me reveló en el 2008 cuando vi en Internet una conferencia que dio para una Universidad en la ciudad de Cali. Exponía claramente y sin miedo cómo las familias de siempre han acabado con la democracia y la confianza de los ciudadanos en la política de su país. La sátira también involucraba al colombiano promedio de actitud indiferente e irracional. El colombiano que elige al que le paga un tamal, al que le promete acciones inverosímiles y termina su mandato sin realizar las más simples. El mismo colombiano que no defiende sus ideas, convencido de las nulas oportunidades de cambio y se arrodilla ante los que “nos sirven”; cuando la venia tendría que ser mutua.

En su retórica había suficiente material para convertirlo en un irónico mártir del periodismo colombiano que albergaba en su corazón el sueño de una Colombia justa y en paz. Suficiente para reconocerlo como un paladín político, como un verdadero patriota y para hacerlo objeto del odio de aquellos, que como él lo expresaba continuamente: “creen que este país es una finca que hay que dividirse por partes”.

Ese fue el querido Jaime al que mataron nuestras décadas de indiferencia ante la violencia bipartidista, nuestro egoísmo absurdo de cada día, nuestra inconciencia social, falsa autocrítica, intolerancia, rencor, inactividad política y la sevicia de un grupo de personas que hacen lo posible por prolongarse en el poder.

Él pidió un adiós de carnaval y obtuvo una carcajada impune del gobierno al que sirvió. Gobierno que le dio como premio de consolación, una estatua reciclada como una burla que supera a las mejores del repertorio de Heriberto De la calle, pero que parece digna de un país tan mordaz.

 

 

 

 

 

 

 

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